Costa Rica y el espejismo de la excepción

Opinión: En la memoria colectiva de Costa Rica habita una idea reconfortante: la de ser una democracia casi natural, un país que, por alguna alquimia histórica, aprendió a resolver sus conflictos hablando mientras otros se destruían. Nos gusta repetir que aquí no hubo guerras de independencia sangrientas, que fuimos la provincia pobre del imperio y que, quizá por esa misma pobreza, cultivamos una cultura política más sobria, más civilizada.

Pero la historia universal enseña algo incómodo: ninguna sociedad es inmune a la deriva autoritaria. Ninguna.

El siglo XX ofrece un catálogo brutal de advertencias. Regímenes fascistas, comunistas y nazis no nacieron en tribus aisladas ni en sociedades primitivas. Emergieron —y esto es lo inquietante— en países con altos niveles de educación, con instituciones formales y, en varios casos, mediante procesos electorales legítimos. La secuencia se repite con una precisión casi clínica: primero la polarización, luego la deslegitimación del adversario, después la justificación de medidas “excepcionales” por el bien superior… y finalmente el desmantelamiento de la democracia desde adentro.

La frase que los une es conocida: el fin justifica los medios.

Cuando una sociedad empieza a tolerar esa lógica, la pendiente se vuelve resbalosa.

Costa Rica, por supuesto, no es la Alemania de entreguerras ni la Rusia revolucionaria. Nuestra trayectoria histórica es distinta. No tuvimos caudillos militares dominantes en el siglo XIX ni una oligarquía industrial capaz de movilizar masas ideologizadas. Nuestra independencia fue, en efecto, más administrativa que épica. Y sí: durante buena parte del siglo XX logramos construir un pacto social notable, con instituciones relativamente sólidas y una cultura política que privilegiaba el acuerdo.

Pero convertir esa diferencia en una garantía eterna es un error peligroso.

Hoy el país muestra síntomas que, sin ser equivalentes a los grandes colapsos históricos, merecen atención seria. La polarización política ha aumentado. El lenguaje público se ha degradado. La confianza en las instituciones se erosiona año tras año. Y, quizás lo más preocupante, crece la tentación —en distintos sectores— de aceptar atajos “por eficacia”.

Ahí es donde la historia deja de ser un museo y se vuelve un espejo.

Las democracias no suelen morir con tanques en la calle. Mueren lentamente, por fatiga cívica, por cinismo acumulado, por ciudadanos que empiezan a pensar que las reglas estorban más de lo que protegen. Mueren cuando la población se convence de que la legalidad es negociable si el objetivo parece noble.

Costa Rica no está condenada a ese destino, pero tampoco está vacunada contra él.

Nuestra tradición de diálogo —real y valiosa— se sostiene sobre condiciones que no son automáticas: confianza social, prensa crítica, partidos capaces de procesar conflictos, ciudadanía vigilante. Cuando esos pilares se debilitan, el mito de la excepcionalidad se vuelve un sedante peligroso. Nos dormimos creyendo que “aquí eso no pasa”.

La historia demuestra que siempre puede pasar.

También conviene desmontar otra comodidad intelectual: la idea de que las dictaduras llegan únicamente de la mano de villanos evidentes. En muchos casos, los proyectos autoritarios se presentan envueltos en promesas de orden, eficiencia o limpieza moral. Ofrecen soluciones rápidas a problemas reales. Y justamente por eso seducen.

El riesgo para Costa Rica no es un golpe militar clásico. Es algo más sutil: la normalización del irrespeto institucional, la concentración progresiva de poder, la erosión del pluralismo bajo el aplauso de sectores cansados de la lentitud democrática.

Cuando la frustración ciudadana se combina con liderazgos que prometen “arreglar todo” sin los estorbos del sistema, la historia empieza a rimar.

Sin embargo —y este es el punto que también debemos sostener con firmeza— el país conserva fortalezas reales. Nuestra sociedad civil sigue siendo activa. El sistema electoral mantiene credibilidad. Existe una memoria democrática que, aunque a veces se subestima, todavía pesa en la cultura política.

No estamos al borde del abismo.

Pero tampoco estamos en una zona de confort permanente.

El verdadero desafío costarricense no es elegir entre alarmismo y complacencia. Es practicar una vigilancia democrática madura: reconocer los riesgos sin caer en histerias, pero también sin refugiarnos en el mito de que nuestra historia nos hace inmunes.

La democracia tica no nació por magia. Fue el resultado de decisiones, equilibrios y aprendizajes acumulados durante décadas. Y, como toda obra humana, puede deteriorarse si se descuida.

Tal vez la lección más incómoda de la historia mundial sea esta: las sociedades no se vuelven autoritarias de la noche a la mañana. Se deslizan gradualmente, convencidas en cada paso de que todavía tienen el control.

Costa Rica haría bien en recordar que la locura política rara vez se anuncia con sirenas. A menudo llega envuelta en aplausos.

Y cuando una democracia descubre demasiado tarde que ha cruzado la línea, ya no basta con invocar su pasado ejemplar.

Hay que haberla defendido a tiempo.

Ronny De Greef Acevedo — r.d.greef@gmail.com