En el actual proceso electoral costarricense, las encuestas de opinión han adquirido un protagonismo central en la discusión pública. Sus resultados son replicados por medios, analistas y actores políticos como si describieran con precisión el comportamiento del electorado. Sin embargo, un análisis detallado de sus métricas, alcances y límites metodológicos muestra que sus resultados no deben interpretarse como un reflejo directo del padrón electoral, sino como una medición parcial de tendencias.
Un padrón amplio y una participación limitada
De acuerdo con el Tribunal Supremo de Elecciones, Costa Rica cuenta con un padrón cercano a los 3,6 millones de personas habilitadas para votar. No obstante, la participación real en las últimas elecciones ha oscilado entre 55% y 60%, lo que implica que más de 1,4 millones de personas suelen abstenerse.
Este dato es estructuralmente relevante: el electorado costarricense no solo es amplio, sino también heterogéneo y volátil, con altos niveles de desafección política y una débil identificación partidaria. Más del 70% de la población declara no sentirse representada por ningún partido político, lo que provoca decisiones de voto tardías y cambios bruscos en intención electoral.

Qué miden realmente las encuestas
Las principales encuestas electorales en el país —realizadas por entidades como el CIEP-UCR o el IDESPO-UNA— trabajan, en promedio, con muestras de entre 1.000 y 1.200 entrevistas efectivas.
Desde el punto de vista estadístico, estas muestras son válidas para estimar tendencias con márgenes de error cercanos al ±3%. Sin embargo, cuando se comparan con el tamaño del padrón, representan apenas alrededor del 0,03% de la población electoral.
Además, para alcanzar esas entrevistas efectivas, las encuestadoras deben realizar entre 3.000 y 6.000 intentos de contacto, debido a altos niveles de no respuesta, rechazo o abandono de la encuesta. Esto significa que los resultados finales reflejan únicamente a quienes aceptaron responder, no a la totalidad de las personas contactadas ni, mucho menos, al conjunto del electorado.
Votantes, abstencionistas y encuestados
El contraste es evidente:
- Aproximadamente 2,1 millones de personas suelen votar.
- Cerca de 1,5 millones se abstienen.
- Solo 1.000 personas, en promedio, conforman la base sobre la cual se proyectan porcentajes nacionales.
Esta brecha explica por qué las encuestas suelen medir con mayor precisión al votante probable y disponible, pero tienen dificultades para captar el comportamiento de jóvenes, abstencionistas crónicos, poblaciones rurales dispersas o ciudadanos con alta desconfianza institucional.
El riesgo de una lectura simplificada
Cuando una encuesta reporta, por ejemplo, que una candidatura alcanza un 40% de intención de voto, generalmente se trata de un porcentaje calculado sobre quienes dicen estar decididos, no sobre el padrón total. Aunque metodológicamente correcto, este dato puede inducir a interpretaciones erróneas si no se contextualiza adecuadamente.
En escenarios con alta indecisión y fragmentación partidaria —como el actual— las encuestas funcionan mejor como termómetros del clima político que como instrumentos predictivos definitivos.
El peso decisivo de las urnas
La experiencia electoral reciente en Costa Rica demuestra que las decisiones finales se concentran en las semanas, e incluso días, previos a la votación. Factores como la movilización territorial, el abstencionismo diferencial y los eventos de cierre de campaña suelen alterar significativamente los escenarios dibujados por los sondeos.
Por ello, aunque las encuestas aportan información relevante para comprender tendencias y percepciones, no sustituyen el acto electoral ni anticipan con certeza su desenlace.
Las encuestas no son falsas ni inútiles, pero tampoco son el resultado de una elección. Su alcance es limitado por el tamaño de la muestra, la alta no respuesta y la complejidad del electorado costarricense. En última instancia, el único dato concluyente será el que surja de las urnas el día de la votación, cuando participe —o se abstenga— la población que no aparece en ningún cuestionario.
Opinión de Gerardo Ledezma

